Entre placeres y mentiras. 

Para mí el mayor placer del mundo era escucharla gemir mi nombre; saber que mis besos la hacían temblar y que al llegar al climax en un llanto apasionado iba a estallar. Que con mis caricias su espalda se iba a erizar y con sus manos, mis labios iba a rozar.

A ti mi querida nómada, nunca me quedo más remedio que dominarte durante el sexo, sabía que me cederias el control cuando tus ojos de angel se cerraban y tú cuerpo se transformaba como si de una ninfomana se tratara.

Nunca te lo dije pero amaba ver tu como tú largo cabello te tapaba los senos y a su vez sentir tus manos sobre mi pecho mientras lentamente galopabas sobre mi cuerpo, sabías hacerlo perfecto, me enamoraba ver cómo te enseñe a llevar el placer a tu ritmo.

Como lo hice yo nadie más te supo tocar. Te estudie completa, si, así lo hice princesa, te estudie de pies a cabeza, por eso logre adivinar el momento exacto en el que ibas a explotar, cuando aún con los ojos cerrados bajabas la cabeza con la boca ligeramente abierta, cuando los gemidos dejaban de sonar pero tú cuerpo comenzaba a temblar, cuando llegabas a ese punto sabía que era mi turno, me tocaba bajar la velocidad de tus embestidas con mis dos manos en alguna de tus caídas, mientras me dejaba llevar, tu nombre por dentro no dejaba de gritar. Sabía que habíamos llegado a tiempo porque la piel se te volvía a erizar y al final una risa en tu rostro se volvía a dibujar.

Era una risa de angel como la del día en que te conocí cuando Del Mar te vi salir, pero esta vez no era exactamente la misma pues tú ya no era más una niña, te habías convertido en mi mundo entero y como era de esperar también fuiste mi mejor sexo.

Contigo comencé a creer en los cantos de sirena y en aquella frase que dice que todas las mujeres son putas cuando las tocan las manos correctas.

Me encanta saber que tengo el control de tu cuerpo, que eres sensible a mis dedos y que te amo como si mi vida dependiera de ello.

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PD: Mi princesa se volvió a dormir sobre las sábanas blancas de mi cama, no puedo evitar observar su impecable desnudez. Su cuerpo y su rostro reflejan una paz que no puedo explicar; pero su cabello es otra cosa aunque está revuelto se ve perfecto, explica por completo otra historia que  al  detallarla se cuenta sola. No la quiero dejar, ella me da paz mental, satisfacción sexual, equilibrio emocional y libertad intelectual. 

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