¿Envidia?

Vamos que todos la hemos sentido, el que diga que jamás en su vida ha sentido envidia está mintiendo. Algunos han llegado a sentir envidia incluso hasta con sus propios familiares, ya muchos me lo han confesado. Yo, personalmente,  trabajé tanto en mi inteligencia emocional que para mí era completamente normal sentir felicidad cuando alguien mas tenía éxito hasta en el logro mas diminuto. Pero, el sentimiento mas odiado también hizo presencia en mi mente en algunas ocasiones.

Nunca creí en eso de “la envidia sana” hasta que lo vivi en carne propia. Hace un tiempo tuve unos meses bastante estresantes, entre en una etapa que nosotros llamamos “mala racha”  la cual consistía básicamente  en tener poco dinero, problemas personales en cantidades industriales, falta de amor, mucho trabajo e insatisfacción por el mismo, nada de tiempo -ni siquiera para tomar una buena siesta o hacer algo mas relajante- rechazo a las relaciones de cualquier tipo y más… ¡Fue horrible!.

La peor parte es que no importaba lo optimista que yo intentara ser, al momento de encontrar una solución, en un abrir y cerrar de ojos aparecía otro problema, era frustrante. Estaba constantemente agotada, el cuerpo me dolía, los dolores de cabeza eran cada vez más frecuentes y las horas de sueño se resumían en segundos. Tenía ademas de unas ojeras tan largas que me llegaban a la barbilla, muy mal humor y los ánimos por el suelo. La gravedad del asunto consistía en que de alguna manera, no sé cómo ni porqué, había caído en un círculo vicioso que era tan profundo que se me complicaba escalar hacia la superficie. Me sentía miserable. Estaba luchando constantemente por solucionar un problema del que ni siquiera sabia cuál era la causa. Un día decidí tomar distancia de todo y de todos. No contestaba llamadas, mensajes o invitaciones.

Pase de crear planes para salir a experimentar algo nuevo o simplemente comer en algún restaurante, a comprar helado en una gasolinera e irme a casa. Por mas que lo intentara no quería nada, muchas veces me obligue a ir a lugares que parecían interesantes con personas con las que solía pasar el rato y terminaba devolviéndome a los minutos. Yo no recuerdo haber atravesado la etapa de la rebeldía adolescente, pero sí existe la rebeldía de la adultez ya hice el curso y lo aprobé con honores. En ese tiempo de exilio voluntario, experimente la envidia, mis amistades me llamaban para contarme lo maravilloso que estaba ocurriendo en sus vidas, trabajos increíbles, matrimonios espectaculares, planes de viajes, mudanzas, gastos cubiertos, y pequeñas inversiones en algunos proyectos. Literalmente me llamaban para contarme TODO. Y por primera vez en toda mi vida me sentí hipócrita, estaba feliz por ellos, si, pero no realmente, no de la forma en la que yo solía celebrar los triunfos de mis amigos.

Sentí envidia de saber que ellos habían encontrado el valor para hacer lo que yo he tenido en mente desde hace tanto tiempo, sentí envidia de que realizaran actividades en las que yo se que estaba mil veces mejor preparada, sentí envidia de que yo me estuviera esforzando por obtener un crédito increíble en el banco y alguien mas lo consiguió sin traba alguna. otros estaban remodelado su casa y encontraron descuentos imperdibles en artículos super prácticos, modernos y costosos. Pero la gota que derramo el vaso fue cuando uno de ellos me llamó para decirme que en su trabajo le estaba yendo de maravilla, me hablaba de los horarios, del equipo de trabajo, del uniforme, me daba detalles de todo. Decir que no era increíble seria negarlo demasiado, pero yo no podía escuchar más, estaba buscando incansablemente la manera más sutil de decirle que no podía hablar en ese momento. Me sentí mal. yo que había renunciado a mi trabajo por aceptar una supuesta oportunidad de oro la estaba pasando terrible. Me sentí horrible, me sentí hipócrita, me sentí tóxica, me desconocía a mi misma por completo. Deje de aceptar invitaciones porque soy fiel creyente de las energías y mi energía era la mas negativa para transmitir en ese momento.

Esa noche, camino a mi casa internalicé mi situación y dije que ya era demasiado, que tenia que encontrar una solución pronto a esta mala racha que me rodeaba, y sobre todo a la actitud que me tenia estancada en el mismo sitio desde hace meses. No sabia por dónde empezar, así que empece por relajarme con un baño, no me sentía yo, no había meditado desde hace meses, no me había cuestionado a mí misma como solía hacerlo, no había leído o escrito una palabra, no había hecho nada, y entonces supe cuál era la raíz del problema. Había dejado de ser yo, me estaba convirtiendo en alguien que no era. Comencé a repetir para mi misma mis mantras personales, esas frases en las que yo tanto creía.

“Ser perfecta, la formula mágica del estrés” “Buenas energías, atraen buenas energías” “Todo va a estar bien…” y así una y otra vez, hasta que supe que tenia que dejar de comprarme, me estaba volviendo loca, nunca había hecho las cosas de la misma forma en la que otro las hacen, por eso me diferenciaba de mis amigos, porque todos tenemos una manera diferente de andar por la vida y debatir sobre ello es lo que nos ayudaba a entender que todo es cuestión de perspectiva. Que a veces lo que es bueno para alguien puede ser completamente inapropiado o inaceptable para alguien mas. Entendí, ademas, que tenia que dejar de escuchar los consejos de todo el mundo, al final simplemente estaba cometiendo los errores de alguien mas. Mi envidia, era la prueba de que no era feliz porque estaba siguiendo los pasos de cualquier persona -menos los míos- para cumplir mis metas. Mi envidia era sana, yo no les deseaba cosas malas, para nada, simplemente deseaba que las cosas buenas también me pasaran a mí, porque sentía que mi esfuerzo valía la pena, que mi preparación era buena y que simplemente me lo merecía.

Cuando finalmente comprendí que tenia que dejar de victimizarme, comencé a ocuparme en un problema a la vez. Al mes, la mayor parte de mis problemas estaban resueltos. Morfeo había vuelvo a abrirme sus brazos para recuperar mis horas de sueño correspondiente, renuncie al trabajo que me daría la supuesta oportunidad de oro y regrese a donde me sentía cómoda. Tal vez no sea el lugar perfecto y en definitiva no es donde quiero estar toda mi vida, pero por ahora es donde me siento cómoda y no me dan dolores de cabeza. Me convencí de que el helado sabia mejor en la heladería en compañía de mi mejor amiga, que derretido al llegar a la casa, comencé a leer Padre rico, Padre pobre porque necesitaba con urgencia aprender a manejar mi dinero, y si mate dos pájaros de un solo tiro, recupere mi tiempo de lectura y aprendi algo importante y necesario para esta nueva vida de adulto joven e independiente.

¿Envidia? A veces ni tan mala si sabes quien eres.

#Sapiosexualsite

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